Una pregunta errónea tendrá una respuesta errónea,
pero una pregunta correcta puede abrir
la puerta de la comprensión
J Krishnamurti
Cuando todo es perecedero y guarda cierto aire de decadencia infinita, se manifiesta más que nunca (y de ello da cuenta Carlos Pardo en este libro) ese vicio actual que ha convertido la presencia inmutable en la mayor de las falacias: el simulacro, la crítica más feroz de la re-presentación. Así las cosas, el cambio cobra calidad de certeza y armonía, aunque al mismo tiempo genera un hondo sentimiento de inseguridad y angustia, de incertidumbre irremediable, pero consciente. Por eso no es imposible, ni puede extrañarnos, la contingencia de la armonía del hombre con esa potencialidad mutable de todo lo que acontece, ni que cobre valor de cambio la premisa délfica conócete a ti mismo. Sólo así, desde la introspección y la conciencia de la naturaleza variable del hombre, se puede alcanzar la aceptación de lo exterior sin ser bloqueado por la incertidumbre que el conocimiento de todo ello supone. En una sociedad como la nuestra, el tiempo se convierte en objeto y causa de deseo: hace falta tiempo para meditar sobre uno mismo, hace falta tiempo para darse cuenta de que lo único inmutable es, paradójicamente, el cambio.
Cuando la corrupción parece haberse instalado a través del progreso y los dictámenes de la moda social tardocapitalista, el hombre como categoría se presenta desprovisto de sentido. Desde su mismidad inconsciente brota una necesidad de realización identitaria posible sólo a través del lenguaje, la sociedad y el trabajo, que remite indudablemente a la búsqueda de la concordancia del hombre con las posibilidades de su tiempo.
“A ti y a mí
bajo el caparazón de un cielo rosa
nos cuida el siglo XXI:
cónsules de la retaguardia,
altivos aranceles del amor aduanero.
El alma en su paisaje
filosofa; es el tacto
quien nos da la razón.
[...]
Las horas de la tarde
nuestras contemporáneas.”
En Echado a perder, el afuera se presenta bajo una estructra psicodélica que en absoluto da lugar a una aprehensión unitaria y única ni del hombre, ni de su tiempo, donde el fragmento figura como unidad significativa e (inter)dependiente dentro de un entramado de referencias, signos y coordenadas que, lejos de aportar sentido, lo elimina.
En una época como la nuestra, ajena ya a toda épica y consagrada a la seducción estética de lo táctil, sólo cabe imaginar un universo minimalista, inventario de diminutivos, caprichosamente cíclico y doméstico, donde la iluminación espiritual ha caído en descrédito y donde uno ya sólo puede buscar respuestas a partir de su propia interioridad. En este punto, sólo queda saber (y aceptar) desmentirse constantemente, a expensas de una realización que vendrá proyectada, como dijimos, en esa necesidad de afirmación de uno mismo en una sociedad que se corrompe al tiempo que el mundo pierde olfato, y se desgasta. Algo similar a lo que ocurre con el lenguaje, entendido aquí, en esta obra, como un oasis (en el sentido quizá menos arraigado del término): el oasis como refugio, omphalós expresivo que cicatriza, como puede, en nuestro imaginario.
La conciencia del artificio pone aquí de manifiesto la clave posicional sobre la que gravita este discurso: la ironía. Una ironía que se desliza a través de influencias milenarias y contemporáneas (éstas, particularmente hispanoamericanas), dejando claro que sólo así se permite una relación legitimada con ese afuera antes señalado. Dicho esto, uno comprende que lo que se ha echado a perder mediante la acción del hombre (y por tanto, no de forma natural) puede redimirse sólo a través de esa misma causa. He aquí la clave de lectura, extensible también a las relaciones socio-sentimentales, como se aprecia.
“porque era vanidad
querer narrar la vida
aun más cubierta de su camuflaje
de cuidado interior,
desflecada
en oficios,
y vanidad hablar
del mundo como de la superficie
que devuelve el reflejo
de uno mismo asombrado.”
Así se explica la defección del hombre y esa muestra impúdica de su propia insuficiencia e insatisfacción, como si no supiera que, a pesar de todo, su situación va a resultar-le favorable.
“Densas nubes, ninguna lluvia de nuestra región del oeste.
Es propicio atravesar las grandes aguas.”
Éste es el Dictamen.
JARA CALLES


