La fuerza de la metamorfosis está en el fondo de toda seducción
Baudrillard
pasillo al fondo a la derecha, aguarda La ceremonia del porno y, sin embargo, el cartel que está justo encima de ti te asegura que dentro de sus páginas no vas a encontrar excitación ninguna, a menos que te vaya el “pensiero debole” de Vattimo, que todo puede ser. Estás en la sección de ensayo, que podría ser el sinónimo de la sección X del videoclub porque siempre te acercas con pudor y nunca seguro de si debes o no debes arriesgarte esta vez. ¿En qué momento dejó de chirriar la palabra “pornografía” en la siempre imprevisible y temida sección de ensayo? Me arriesgaría a decir que allá por la década de los noventa, con el boom de los Cultural Studies en Norteamérica. El ámbito de la Teoría de la Literatura traspasó las fronteras de lo literario, que la propia palabra “teoría” había diluido ya. Fue entonces cuando la metodología y los conceptos que hasta ese momento habían estado restringidos al estudio de la literatura se aplicaron a otros hechos o productos culturales de lo más variopintos, como sucede en La ceremonia del porno. Pero hay algo que no admite comparación entre la literatura y el porno: el lugar que ocupa dentro de la sociedad. Barba y Montes colocan al porno en el lugar del tabú, donde se produce la tensión entre lo público y lo privado, un lugar accesible para todos y a la vez oculto de forma general. Bataille dice que “la prohibición existe para ser violada”, y sin embargo, ”transgredirlo no es vencerlo”. La pornografía es la primera interesada en permanecer en ese no-lugar, al fin y al cabo hablamos de actos privados, y de ahí que Internet sea su medio ideal. Lo tenemos al alcance de nuestra mano pero no deja de estar en un mundo virtual, que no nos compromete.

En La ceremenonia del porno se habla esencialmente de cine y fotografía, dejando de lado a una amplia gama de productos como el cómic o el relato literario. Desde la creencia de que la teoría, sin bien puede ser satisfactoria, resulta inútil si no se aplica a la realidad, he querido relacionar las tesis de Barba & Montes con ejemplos de estas dos artes olvidadas.
Primero hablaré de Simplísima, de Julio Amat y Jaime Romeo. Leyendo un cómic “para adultos” del 1980 como Simplísima (Aventuras pornopolíticas de una chica en la España postfranquista), recordamos las palabras de Barba y Montes cuando apuntan que el humor ha sido un recurso muy útil en algunas épocas en las que el sexo estaba más sacralizado, con la finalidad de restarle gravedad al asunto para conseguir un visionado colectivo. Tratándose de un visionado no colectivo como el del comic, digamos que el humor -aunque leve- nos exime de reflexionar sobre nosotros mismos excitados ante una determinada imagen, y actúa de bálsamo. Hay muchas páginas de Simplísima que logran arrancarte la risita, como cuando ciertos ciertos comentarios de una viñeta se yuxtaponen a otra viñeta con un meat shot (plano genital). Una característica del cómic que también se da en las películas es la de recurrir a estereotipos que transgredan el tabú: como monjas, nazis, socialistas (pensemos en la época), chulos… unidos todos ellos por el hilo conductor: la pedazo de rubia tonta e inocente que después de ser “violada” utiliza el sexo como arma. ¿Puede ser este cómic considerado porno? Es una respuesta que comprometería mi imagen, porque querría decir que me he excitado. El crítico ha de ser neutral.
En segundo lugar: ¿qué pasa con la pornografía en un relato literario? Se nos habla también de la relación entre arte y porno y de la imposibilidad de que se den las
dos experiencias a la vez. Puede que un mismo objeto pueda sostener las dos experiencias pero cuando la pornográfica aparece, la artística se evapora y viceversa. La obra de arte reclama interpretación, demasiado esfuerzo para que se pueda dar esa excitación nacida del mínimo esfuerzo, de la no-interpretación. “El porno no muestra: demuestra y nos libera de la interpretación. No esperamos nada de él.” Paul Baudry. El ejemplo que utilizan para apoyar esta teoría es el caso de un cuadro de Le Courbet. Yo he querido buscar otro ejemplo en el relato de Juan Francisco Ferré “Moda en Londres”, donde encontramos descritas escenas que podrían ser pornográficas: sexo, violación, escenas lésbicas… ¿Pero qué es lo que falla? Precisamente es la buena calidad, la complejidad estética que te lleva por el camino de la interpretación más que por el camino de la excitación, la que niega el carácter porno de “Moda en Londres”. Por eso muestra, no demuestra, porque se producen esos movimientos afectivos que hacen que el personaje actúe de una manera lógica y no irreal o arbitraria, como muchas veces parece ocurrir en el porno. Los personajes pornográficos se convierten en encarnaciones de un estado más que en caracteres con fondo. John Stagliano, productor de porno dijo: “¡Criticaban las películas por no tener argumento! Quiero decir… a quién cojones le importa el argumento.” Dado que el argumento nos llevaría a la interpretación, a buscar las causas y las consecuencias de los actos, habría demasiada reflexión para un solo fin: la excitación, el placer, la anulación de la actividad mental; actividad que nos cohibe y no nos permite ser sólo cuerpo.
Como dicen al principio del libro Barba y Montes, no es fácil hablar del porno desde una postura neutral, nos compromete demasiado. ¿Qué pensaríamos de nosotros mismos si nos viéramos consumiendo porno? O peor aún… ¿analizándolo? ¿Existe una mirada más perversa y obscena que la de un crítico?
TERESA I.TEJEDA