espacio de crítica literaria y cultural

Los aviones narrados, de Saint Exupéry al “Tatami” de Alberto Olmos

In Alberto Olmos, Uncategorized on agosto 17, 2008 at 7:05 pm

Quizás fue Saint-Exupéry el primero en trasladar a la literatura la experiencia de volar en un avión, plasmando de forma indeleble su espíritu pionero en Tierra de hombres o el archiconocido El Principito. Por entonces no hacía mucho que los aeronautas habían inaugurado una nueva visión de la tierra, la misma perspectiva desde la que los dioses nos venían observando desde siempre y ahora habíamos conquistado, y desde donde el hombre triunfó por fin en su lucha histórica contra los obstáculos, si bien al principio aquel triunfo lo situara constantemente al borde del desastre. Lo mejor de Saint-Exupéry es su capacidad para dibujar con radical belleza los paisajes que anuncian su propia muerte, perdido en un desierto, o sobrevolando peligrosamente la rugosa España para orientarse a través del reconocimiento de caseríos, puentes, valles y otros accidentes del terreno. Si dicen que los niños son los mejores combatientes, pues carecen de una conciencia clara de la muerte, Saint-Exupéry nunca dejó de ser un niño ni dejó nunca de maravillarse ante el estremecedor espectáculo de la vida en su momento de mayor intensidad, justo al borde de su extinción. Cuando la muerte le rondaba, él prefirió mirar hacia fuera. Un día de guerra desapareció sin dejar rastro en medio del Atlántico, con la misma delicadeza con que supo vivir y relatar su vida. A este último episodio el dibujante Hugo Pratt dedicó un cómic, El último vuelo, que consigue capturar la esencia naif de ese sueño ingrávido que fue el final de Exupéry.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la generalización de los vuelos comerciales trajo consigo el fin del romanticismo en la aviación. El avión como espacio narrativo fue progresivamente monopolizado por el espectáculo del accidente aéreo y el atentado terrorista, a través del relato televisivo y la extensa producción hollywoodiense dedicada al asunto (Aeropuerto, Con Air, Air Force One, Viven, Aterriza como puedas…) La apoteosis final del 11S, capturado por docenas de videos caseros, cámaras de seguridad y equipos de televisión, y retransmitido en todos los canales del mundo prácticamente a tiempo real, parece haber colmado definitivamente las necesidades de escenificar el desastre aéreo para el imaginario colectivo. Como dice Santiago Alba Rico, “técnicamente fue un gag tan bueno que un placer superior sólo podrá proporcionárnoslo una explosión nuclear (…) Aún podemos ver la repetición por televisión y sentir la misma alegría inocente y primitiva y desear sin maldad que ocurra de nuevo, aunque solo sea en nuestro video”.

Ahora es difícil mirar al cielo y no encontrarse con la estela de dos o tres aviones de línea rumbo a remotos destinos, como lo es conocer a alguien de clase media que no utilice, con mayor o menor regularidad, el avión como medio de transporte. Esas cabinas cilíndricas y presurizadas forman parte ya del paisaje rutinario de nuestras vidas y sin embargo conozco pocas narraciones, fílmicas o literarias, que hayan tratado de profundizar verdaderamente en las muchas implicaciones que volar tiene para la configuración de nuestra nueva condición humana. En ese sentido me parece especialmente valiosa la aportación del suizo Max Frisch, que en 1957 publica Homo Faber, donde ya se da cuenta de una personalidad forjada a base de una rutina de vuelos transatlánticos, y cuyo protagonista, Walter Faber, confía en la ciencia, en la técnica y en las máquinas (los aviones) más que en los propios hombres. Homo Faber comienza con el aterrizaje forzado de un avión de línea en una llanura perdida en el interior de México, abriendo un tiempo para que el protagonista trabe una breve relación con el hombre alemán que ocupa el asiento contiguo. Frisch recupera el romanticismo visual de Saint-Exupéry al colocar a los dos individuos jugando al ajedrez en calzoncillos, sentados en la dura planicie del inmenso desierto, bajo la sombra cambiante del enorme aparato averiado. Y sobre todo, indaga en la experiencia temprana del pasajero de avión, un hombre acostumbrado por primera vez en la Historia a la ubicuidad terrestre de su vida. No es casualidad que Walter Faber, tras vivir una experiencia que trastocará sus principios más profundos, decida cambiar el avión por el barco para volver desde Nueva York al Viejo Continente.

El viaje está lleno de extraños de los que nunca sabremos nada, aunque a veces se rompen esas barreras invisibles. De esta manera el suizo Faber llega a intimar con el alemán del asiento contiguo, propiciando así la casualidad del viaje –y del accidente- un encuentro donde se aprecia bien el clima enrarecido entre ambas nacionalidades tras la caída del III Reich. Pero sin accidentes de por medio, no suele haber tiempo para intimar en los aviones, no como en otros viejos medios de transporte. Con sus rutas semanales por el amplísimo país, los trenes rusos debían alentar la costumbre de aliviar el aburrimiento hablando largamente entre desconocidos, enfrentados en torno a la mesa del vagón. Tolstoi supo ver en esta práctica un marco perfecto para su novela Sonata a Kreutzer, donde un adinerado burgués trata de aliviar su mala conciencia contando a los pasajeros cómo mató a su mujer a causa de sus infidelidades, ocasionando así un debate entre viajeros en torno a los derechos de la mujer burguesa rusa del XIX.

Siglo y medio más tarde, Lengua de Trapo publica Tatami, una breve novela firmada por Alberto Olmos, cuya estructura recuerda mucho a la pieza de Tolstoi. Pese a no trascurrir en un tren, sino en un avión (sin accidente de por medio) que traslada a sus dos protagonistas de Madrid a Tokio, Tatami aprovecha el contexto del viaje para justificar el encuentro prolongado de dos personajes antagónicos, obligados a la estrecha convivencia propia de un vuelo de 14 horas en clase turista. También en este caso, la dinámica del relato se basa en una larga confesión, narrada con estilo literario, sin idiolectos, paulatinamente interrumpida por las protestas, preguntas o imprecaciones del oyente, con algunos momentos ágiles, y hasta teatrales (al comienzo), y otros donde se dinamita cualquier realismo conversacional, tomándose la licencia el autor de hacer hablar subordinadamente a su protagonista durante páginas y páginas. Durante tan largas disquisiciones, Olga, una licenciada virgen de 24 años y enormes pechos, debe soportar la tortura de escuchar las travesuras del adulto Luis, discreto mirón y puntual amante de una adolescente de Tokio, amén de licencioso voyeur de su abultado escote. Hasta aquí podría parecer el argumento de una viñeta de El Jueves, picantona y hasta cachonda por su falta de pretensiones. Por el contrario, Olmos opta por un tono muy serio que recuerda en sus momentos más álgidos a esa sexualidad delicada de Tokio Blues (algo nada casual dada la influencia nipona explícita ya desde el título), pero que en general desemboca en escandalizadas intervenciones de la pacata Olga, asqueada por todo cuanto oye, tal es el profundo rechazo moral que le producen las pajillas de Luis. No ayuda al disfrute de la novela que Olga sea la voz narradora, de quien se nos trasladan sus ruborosos pensamientos -sin un gramo de sentido del humor- sobre cuanto confiesa Luis, siendo ella más pedante (ergo parodiable) que el hijo del panadero de Aída. Tampoco lo hace el tono general del que Olmos se vale para hablar de sexo, aparatoso como antaño y lleno de revuelos eufemísticos, envarado y sordo a la nueva estética de la sexualidad, promovida desde las alturas artísticas por creadores como Calixto Bieito (Plataforma), Kendell Geers (Irrespektiv), y por fenómenos más pachangueros como Sex in the city, las reuniones tupper-sex y las despedidas de treintañeras que recorren los centros urbanos con pollas de goma plantadas en la frente. Un escritor experimentado como Olmos debería estar más prevenido sobre los tremendos riesgos de la escritura moralizante en los tiempos que corren.

Tatami es además buen ejemplo de la vuelta a la normalidad de la experiencia aérea, definitivamente alejada del romanticismo iniciático y los conflictos límite inherentes al desastre. El avión del siglo XXI es el tren de Tolstoi, un medio de transporte que ya ha perdido todo protagonismo per se. Sus pasajeros han dejado de maravillarse del milagro del movimiento; ahora se miran entre ellos, o bien se aíslan con su gadget audiovisual, como hace Olga y los post-humanos de la Axiom, la nave nodriza de la recién estrenada Wall-e. Sin peligro, dramatismo o espectacularidad, la dinámica colectiva pasa a un primer plano; el avión se convierte en laboratorio social que permite al autor provocar la convivencia obligada entre una gazmoña con estudios y un pederasta de baja intensidad, siempre bajo el férreo control del ambiente enrarecido de cabina. Si son las prohibiciones y las normas lo que nos vuelve civilizados, ¿será el avión post 11s el lugar más civilizado del mundo? Siendo el sexo nuestro instinto por antonomasia, no deja de haber un interesante cruce de sentidos. En el entorno más controlado, dos personajes hablan del control de lo más incontrolable. Ahora imagínese en un asiento de la clase turista, inmovilizado por el cinturón de seguridad, la cabina completamente iluminada, su asiento reducido y la incómoda proximidad del individuo contiguo, el ambiente de malestar tibio, de miedo y vigilancia, y por todas partes instrucciones sobre lo que no debe hacer. Le quedan catorce horas por delante. Entonces el de al lado comienza a mirarle las tetas, y luego a hablarle, con flema de gentleman, de sus perversiones sexuales. Si usted se llama Olga y es virgen, no lo dude: vive dentro de Tatami, la última de Olmos.

MIGUEL ESPIGADO

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  1. Curiosa la (in)oportunidad de esta reseña, el azar siempre se bifurca en senderos de cabronería sin cuartel. Creo que tengo el libro de Olmos por aquí, en la librería, le echaré un vistazo.

    En cualquier caso, y dadas las circunstancias, un buen momento para revisitar un relato como “Incursión Aérea” de Varley. Desde luego mucho más recomendable que diez segundos de cualquier apestoso noticiario.

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