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Muertes S.L. “Morthotel (Vaciología I)” Alberto Gismera

In Alberto Gismera, Uncategorized on mayo 12, 2008 at 4:49 pm

 

 

La Academia de Medicina de Nueva York dio a conocer un estudio que revela que un 10% de la gente que se quiere suicidar en Manhattan son turistas. Lo raro de esto es que esos turistas llegan a la ciudad de los rascacielos sólo para llevar a cabo su suicidio.

 

http://sobreturismo.es/2007/11/05/nueva-york-el-lugar-perfecto-para-suicidarse

 

 

Indiscutiblemente debemos partir del mundo del consumismo

 

Gilles Lipovetsky

 

        

         Según cuentan, Superman murió de capitalismo severo. Esto es lo que se puede extraer de las noticias que aparecen en la prensa escrita de las últimas semanas. Ni la Kryptonita más verde ni el malísimo Lex Luthor –devenido en empresario codicioso para estos tiempos del ejecutivo emprendedor- han podido con él. Una simple bajada en las ventas de sus aventuras dieron al traste con el paquete rojo y perfecto (la capa es ya un lugar común, un topos manido de viñeta) más poderoso de la modernidad (ilustrada). Y de eso se trata: de negocios, de propiedades corporativas, de productos, de sus ventas, de pérdidas, ofertas, demanda, marketing, etc. En el cambio de la modernidad a la posmodernidad, los modelos de impecable protagonismo, los héroes, se han perdido para (des)hacerse en un individualismo anónimo casi imperceptible, y por tanto han quedado esparcidos, multiplicados en un sistema cimentado en el consumismo atroz y en la maquilladísima seducción de las imágenes. Entre uno y otro modelo se halla o se construye el vacío. Ahora nada es perfecto, pero existen miles de productos que nos –a nosotros: diferentes, imperfectos, personales-  ofrecen una travesía que va del consumo al bienestar, del control a la aparente libertad. Excesos. Es lo que Lipovetsky ha convenido en llamar proceso sistemático de personalización: «consiste esencialmente en multiplicar y diversificar la oferta, en proponer más para que uno decida más, en sustituir la sujeción uniforme por la libre elección, la homogeneidad por la pluralidad, la austeridad por la realización de los deseos». Si se admitiera la palabra “héroe” para referirse a la posmodernidad, pensaríamos en el vecino del quinto que ha superado los castings de la décima edición de Gran Hermano y que compra en el hiper de la esquina cuando llegan las ofertas de la temporada, por ejemplo. Hecho el contrapunto, descrito el “antihéroe”, queda decir que estos tiempos post o hipermodernos -va introduciendo Lipovetsky- son los de la cotidianidad, concepto clave que apunta a las colas en las carnicerías y a la continuidad de la vida ad eternam. Por todo esto, la muerte de Superman es improbable. Mientras al superhéroe se le somete a una operación de cirugía plástica, nunca mejor dicho, el futuro se hará presente continuo. La muerte queda, entonces, como estrategia de marketing, un simulacro social al que, paradójicamente –la paradoja es una lógica en la posmodernidad, apunta Sébastien Charles-, interesa alargar la vida para inducir al consumo, a perecer en la seducción constante.

 

         Así, de la vida cuyo correlato es la muerte comercializada o de la muerte cool como trasfondo de una sociedad hipermoderna, Morthotel construye una empresa utópica (servicios mortales en un hotel a la última) a ojos de nuestro presente, previsión o no de otro momento para planteamientos o deconstrucciones éticas y morales. Por eso, también es esta novela una empresa literaria: un agenciamiento maquínico (deleuziano) cuya función principal es la fabuladora, es decir, la proyección de otra sociedad (im)posible o la concreción discursiva-ficcional de la contemporaneidad vacía preconizada ya por Gilles Lipovetsky: «Hipercapitalismo, hiperclase, hiperpotencia, hiperterrorismo, hiperindividualismo, hipermercado , hipertexto, ¿habrá algo que no sea “hiper”?». Hay un rizoma, pues, que arrastra al papel lo que ya atravesó el sin-sentido nietzscheano: el vacío. Aquí un informe.

 

1º.- ESPACIOS, LOCALES. La llegada de un nuevo tiempo social, -un presente siempre en miras de un futuro-, supone cambios, movimientos y desórdenes que lo preparan para un nuevo devenir. Esto es, no existen elementos fijos cuando hablamos del Ser humano en relación a su existencia. En el movimiento, en el flujo, se constituyen no sólo los espacios gnoseológicos e ideológicos, sino también los lugares de representación civil, a pesar todo ello de su evidente fisicidad: «en esta época de renovación constante la gente cambia a una celeridad pasmosa. De imagen, de trabajo, de vivienda, de muebles, de vehículo, de pareja. La identidad de los individuos de hoy en día se reinventa en períodos cada vez más cortos de tiempo». El ladrillo se convierte en hormigón autocompactable a la misma velocidad que tales estructuras subvierten su contenido hacia otro tipo negocio. Un hotel o un edificio de empresas corresponderían a esta lógica urgente de la posmodernidad, entendida ésta bajo los condicionamientos del capitalismo tardío. Michel Foucault  denominó a estos espacios otros: «lugar que determina un conjunto de relaciones espaciales irreductibles a las inmediaciones geográficas y sociales» (Bruce Bégout). Hay también que tener en cuenta la impronta veloz de la escritura en su práctica del devenir. Pero, ¿qué ocurre cuando un hotel de lujo deja paso a un centro especializado para la asistencia de la muerte? A las propias dimensiones del hotel, lugar donde se difuminan espacio público y espacio privado, se le ha de sumar la atrevida idea consumista de explotar comercialmente la muerte en una serie de productos, que es donde Morthotel  hace coincidir (confundir) estos espacios con las proximidades éticas y morales. Puede haber en todo esto una delimitación tranquilizadora –o punto de fuga, según se mire-: la literatura y su particular cartografía espacio-temporal hacen conectar, casualmente, esta novela con el fragmento 45 de Nocilla Experience de Fernández Mallo, donde Ernesto, un arquitecto de Nueva York prepara un proyecto mortal: la Torre para Suicidas. La comprensión del logos, como apunta Vicente Luis Mora en Pasadizos, no puede ser entendida sin la presencia del locus, de su propio locus.

 

2º.- ORGANIZACIÓN Y ESTRUCTURA EMPRESARIAL. La novela, dividida en capítulos numerados, se organiza en una falsa linealidad. Morthotel se aprecia mejor desde un ritmo narrativo continuo –de ahí la sensación lineal- que no parte de un pasado ni se dirige a un desenlace claro. El primer capítulo no desvela nada evidente en términos de trama narrativa, al contrario, la in medias res discursiva desordena forzosamente la historia, haciendo sin embargo que, poco a poco, el lector que ya está habitando el desorden, advierta y relacione historia(s) y personajes. El efecto de este caos busca una multiplicidad climática en la narración, lo que viene a manifestar que en la historia que se cuenta convergen otras no menos importantes porque la jerarquía, al igual que en la hipermodernidad que se escribe, queda abolida. Sin embargo, marcan (significan) los números ordinales. En la paradoja hipermoderna el estilo se despliega entre el orden y el desorden en un intento de dar cuenta del exceso.

 

         Igualmente, habiendo ya mencionado los personajes, la especialización de la novela tiene que ver también con la identificación de los personajes que por ella pululan. Tirando del desorden aparente, cada capítulo va integrando al sistema narrativo uno o dos personajes, a la vez que los delimita (los construye, los posiciona). Esta opción responde muy bien a otra de las contradictorias ideas con las que Lipovetsky caracteriza la cultura hipermoderna: cuanto mayor es el proceso de personalización en un individuo -es decir, emancipado, libre, autónomo-, mayor será su integración en una sociedad democratizada o igualitaria, por ende extremadamente anónima. Sabemos quién es cada personaje cuando entra en el juego de las relaciones con el resto. Vinculados todos ellos al contexto laboral (y sentimental: he aquí lo novelesco, el intenso rizomilla amoroso) de la empresa Morthotel, podemos decir de ellos que se conforman en un organigrama literario, pero, claro está, un organigrama que se deshace a través del ritmo marcado de la ficción. El asunto presuntamente central de la novela, el devenir de un hotel-empresa dedicado a la muerte, queda así desplazado o multiplicado en las vitales selecciones narrativas de los distintos personajes. ¿Se cuenta la muerte o se cuenta la vida? La respuesta la da uno de los personajes, cliente del Morthotel, en la que su elección de entre las muertes a la carta acaba por expresarse de la siguiente manera: «Lo que yo quiero es vivir».

 

3º.- PLAN FINANCIERO O DE INVERSIONES (VALORES DE-CISIVOS). La novela es, por tanto, un espacio transitado, recorrido por multiplicidades, por otras posibilidades, abierto desde un tiempo real (J. L. Molinuevo) -el nuestro, convenciéndose a lo hiper-, hacia la recreación de otro tiempo, una posmodernidad más concreta, consecuente, si es que esto se puede decir, una hipermodernidad otra. Precisamente, esta última se erige sobre una sociedad otra basada, a su vez, en un consumismo otro. La seducción, usada como marketing ficcional, conlleva una carga decisiva (de-cisión, separación). La hendidura abierta promete un flujo entre ambas sociedades (la hipermodernidad anunciada por Lipovetsky y la hipermodernidad descrita en esta novela), que se antoja como una simulación práctica de la simulación en la que se circunscriben estos tiempos. La apuesta de Morthotel es casi un decálogo antropológico de esta sociedad hecha en el hedonismo del presente. La popularmente conocida como “fiebre consumista” se diversifica literariamente en productos utópicos. ¿Quién imagina la muerte como un servicio con fines comerciales? La muerte no es ya un fin, sino un medio rentable orientado hacia una sociedad del bienestar: En un estado del bienmorir la metafísica es una aporía.     

 

4º.- PLANIFICACIÓN JURÍDICA Y FISCAL (VALORES EST-ÉTICOS). «El individuo de hoy puede elegir a su gusto cómo ordenar la mayoría de los aspectos de su vida: la alimentación, la salud, el ocio, el amor, el transporte, la gestión de su dinero, el vestido […] ¿No merecemos también contar con la opción de elegir el momento y la manera de terminar? ¿No tenemos el derecho a poder personalizar también nuestro final?». La democratización de la muerte (legislar jurídicamente la eutanasia y el suicidio) se conforma como un plan de consistencia en la novela, en la que ética y moral se consolidan en una política de f(r)icción.

 

 

 Deleuze diagnostica, entonces, sociedades enfermas a través de lo flujos sociales, culturales o políticos que están en permanente conexión con la escritura (de ahí su crítica), que se convierte así en línea de fuga, cura o empresa de salud de esos mismos poderes o fuerzas opresivas (de ahí su clínica). La literatura de Morthotel es, en este caso, un filtro del espacio social, individual y colectivo, posmoderno, pues en la constitución de nuevas formas siempre se abandona una situación por defecto para la consumación de lo perfecto (no ideal). Aquí hay un viraje expresivo que se transmuta por partida doble: la consumación por consumición y lo perfecto por el exceso. La des-medida, lo excesivo tiene que ver más con la literatura que con lo humano:

 

«La ley que regula la eutanasia y el suicidio se aprobó tras años de arduas investigaciones y pleitos en los que especialistas en diversas disciplinas se esforzaron por demostrar, en primer lugar, que la muerte no era un instante –lo que venía considerándose el verdadero momento de la muerte era lo que médicamente se consideraba muerte clínica, es decir, el cese de las funciones orgánicas-, sino un proceso de paulatino e irreversible deterioro de los órganos vitales. Así, si la muerte no era un instante, sino un proceso fatal en que el que al sufrimiento del dolor físico se sumaba el sufrimiento de conocer su irreversibilidad, la eutanasia no podía ser considerada como una interrupción de la vida, sino como una interrupción de la agonía»

 

Tras esta ficcionalización normativa de la muerte self-service, el exceso -que dicho sea de paso, es propiamente posmoderno- se muestra en su grado máximo en las páginas en las que se transcriben las notas, apreciaciones, que sobre los clientes del hotel ha realizado un empleado de los servicios. Una especie de Sorpresa, Sorpresa personalizado por un actor, Melanio, justo en el momento de la muerte. Simulacro, Simulacro:

 

«Nombre del cliente: Amanda Román Casado. Edad: 52. Profesión: Cuerpo Diplomático. Habitación: 422. Área: A. Hora: 23:00. Tipo de deceso: Inyección. Descripción de la simulación: Amante secreto, de nombre amadeo. El atuendo es indiferente. Acabo de regresar del exilio, tuve que dejar el país por activismo antigubernamental. Vuelvo sin garantías de amnistía, jugándome la vida para pasar con ella sus últimas horas. Fue un amor apasionado y muy tortuoso, debido a que mi actividad ilícita y a las constantes sospechas de su marido, el hombre con quien estaba casada desde la adolescencia, un buen hombre que la quería y a quien ella evitaba hacer ningún daño. Observaciones propias: Dudo que amadeo haya existido jamás, incluso es posible que tampoco haya estado casada.»

 

5º.- ESTUDIO CONCRETO DE MERCADO (OBJETIVOS). El post más antiguo es el posmortem, sin embargo nada asegura, en términos productivos, un rendimiento aprovechable de estos servicios. La devaluación de las grandes religiones en detrimento de un pluralismo creyente enlaza, al final de la novela, todos los temas de la misma. Porque en la raíz de la creencia reencarnacionista propuesta por un gurú sectario y ficticio llamado Aristóteles Saharsa, se esconden fines que poco tienen que ver con la espiritualidad: pagar una muerte es una inversión de futuro, la muerte como producto de masas, eso sí, personalizada. Hay un poder de seducción mayor en lo ideológico, en lo oscuro, que sigue estando por encima de los valores bursátiles, aunque, claro está, nunca se pone de manifiesto en Morthotel. La idea emancipadora y democrática sigue siendo una cuestión de manipulación invisible en la hipermodernidad. Con esta gran paradoja se engloba las restantes, relaciones difícilmente conciliadoras: productivismo empresarial frente a los códigos deontológico (también laborales); conciencia individual ante conciencia colectiva; libertad-control, responsabilidad-irresponsabilidad, información-espectáculo, etc. Es en estos vínculos donde el vacío se desarrolla.

 

         Morthotel bien pudiera parecer un ensayo antropológico si Alberto Gismera, su autor, se llamara realmente Gilles Lipovetsky. La tensión entre vida y muerte sostiene el conflicto último de la literatura entre lo real y la ficción. 

 

ANTONIO J. ALÍAS

 

 

 

 

 

 

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