espacio de crítica literaria y cultural

Lo que usted quiso saber sobre arte y nadie le explicó: “Idioteca”, Raúl Quinto

In Raúl Quinto, Uncategorized on abril 30, 2010 at 7:11 pm

 

 

El fantasma es un fenómeno de superficie, y además un fenómeno que se forma en un cierto momento del desarrollo de las superficies.

 Gilles Deleuze, Lógica del sentido

 

Raúl Quinto se confirma como un escritor iconoclasta con la publicación de Idioteca. En primer lugar porque escapa del verso como forma de expresión poética para instalarse en una aparente narrativa y, segundo, porque lo hace corrompiendo al arte entendido como lugar de representación, pero arrastrando también toda esa literatura crítica que le acompaña (mitos, anécdotas). De esta manera se articulan las veintidós piezas en el libro: una  serie de relatos ficcionales que parten de imágenes artísticas conocidas con el fin de llegar a otro sitio. Por esa misma razón, y con el objetivo de ofrecernos algo distinto, la escritura de Idioteca no se establece ni en el ensayo ni en la ficción, puesto que es el suyo un discurso propio. Esta disconformidad se entiende bien no sólo por la existencia de fronteras entre discursos, sino porque también dentro de sus límites es donde se conforman los lugares comunes. Y estas convenciones son las que, de una manera u otra, afectan directamente a la creación, limitándola.

Sin hacer explícitamente un ejercicio contrahegemónico, Raúl Quinto se centra entonces en algunos lugares reconocidos y conservados por el arte institucional, en provecho de su propia obra. Esto es, iconografías reconocibles por cualquier ojo que han pasado a ser hitos artísticos y modelos que seguir, pero que él desmonta en su intento de explicar que el arte también se reescribe página tras página. Una trans-cripción de imágenes, en todo caso, a la única imagen que aparece en el libro: la escritura. Y aquí una de las claves de Quinto: hablar de imágenes desde otra imagen. Estas, en la obra, se cuentan pero no están; al menos no ilustradas en el libro. Por eso esta idioteca no se puede confundir con un museo al uso, ni siquiera comparar con un catálogo. Acaso sería –como sugiere Alberto Santamaría en el prólogo- una escritura que se constituye, exactamente en eso, en la presencia de una ausencia (phantasma-phantasía) y en la fabula que de allí surge.

Así, el arte es tan solo un medio, una excusa recreativa. Y este obra no es más que la pátina engañosa que cubre el acontecimiento verdaderamente poético de Quinto: “No se trata de mímesis sino de crear algo más perfecto que el modelo”. Si no entendemos esto, es que somos tontos, aunque esto es ya un problema de recepción.

 

1. Lo que usted quiso saber (es Historia del Arte). Como pasa en todas las disciplinas académicas desde que la Ilustración decidió poner orden –y conservar- el conocimiento, la Historia del Arte ha ido emancipándose de la Historia general para crear su propio discurso sistematizado. Basado igualmente en hechos (demasiadas fechas) el arte institucionalizado es lo que contemplamos en los museos y lo que aprendemos superficialmente a nuestro paso por el sistema educativo: una sucesión de diapositivas a destiempo, una mitología asociada a cada una de ellas y, detrás de todo, las ocurrencias del artista atormentado. Y esto es lo que se ha convenido. Sin embrago, cada una de las páginas de Idioteca nos da una lección en arte mientras desarma la inútil metodología científico-positivista que prevalece en los dominios de lo propiamente fenomenológico:

 

“Todo esto lo sabemos por la Historia y su prospección de documentos y fuentes primarias y secundarias, lo sabemos por los rayos x y su electromagnetismo indiscreto, y también lo sabemos porque el pintor tuvo hijos pintores que pintaron sus pinturas. Y ese hecho no debe invalidar la posibilidad de que la verdadera Historia de la pintura pueda estar oculta bajo las capas de colores y formas que hoy estudiamos y aplaudimos.”

 

 Raúl Quinto juega, pues, con un lenguaje crítico establecido (a veces ordena las ideas y sus partes en diversos puntos) para destrozar con su parodia irónica el sentido pedagógico sobre aquello que, en ocasiones, es indemostrable: la póiesis artística. Frente a lo que la Historia determina, lo crítico se manifiesta como elemento desestabilizador. Por eso, todas las imágenes que se nos describen en los textos del libro, inician el recorrido desde su plano fijo (lo que es reconocido por el Arte, en mayúsculas) hacia un plano menos referencial y, por tanto, menos evidente, incluso desconocido. Se podría afirmar que éste es un ejercicio de desconocimiento, que lo que trata es, justamente, de buscar maneras de ser más de lo que se es, crear una violencia contra lo establecido o aprender desaprendiendo: “Queremos volver a la realidad. Dilapidar herencias”. Al final, este desplazamiento de la imagen representada hasta el encuentro con su acontecimiento es la propia escritura (lenguaje) fabulosa del poeta murciano, o lo que es igual, un nuevo lugar que se escinde de la Historia del Arte.

 

2. Lo que nadie le explicó (es poética).  En el relato “Arena y distorsión” Raúl Quinto usa dos representaciones artísticas materialmente diferentes y distantes en el tiempo: una pintura, Perro ahogándose en la arena, de Goya y la canción de Sonic Youth Shadow of a doubt. Y las hace coincidir en una sola imagen: “mientras Goya pinta a su perro en la arena lo que escucha en su cabeza es Shadow of a doubt”. Ese momento en el que ambas confluyen, en el que se hacen intercambiables e, incluso, un mismo instante creativo (más allá de espacio y tiempo) es el acontecimiento de su escritura en Idioteca. Y éste es tan solo un ejemplo de los muchos con los que cada relato abre grietas y busca nuevos espacios para la ficción. Reescribiendo las referencias de nuestro imaginario cultural, Raúl Quinto enseña una silenciosa poética: dañando sin incomodar, sacando poesía de donde sólo hay dato. Que esto sea un relato de ficción, es una realidad. Es una imagen (poética) hecha en el lenguaje de imágenes que no vemos. Es un acontecimiento que deviene fábula y que se escribe contra los hechos históricamente acaecidos, contra lo que oficialmente conforma nuestro acervo cultural (de hechos).

La complejidad de Idioteca como libro reside, precisamente, en la negación de una idea muy extendida: el libro no es una imagen representativa del mundo; el libro se hace mundo, dice su autor, “hilado en sutiles correspondencias” con este otro mundo que habitamos y desde el cual (lo) leemos. Aquí o allá, lo que acontece pone en conexión cualquier parte con ningún sitio a la vez. Como sucede en cada verso de estas pequeñas narraciones que se escriben a modo de ensayo. Todo eso puede estar ocurriendo. La presencia de las imágenes ausentes también, pero eso dependerá ya de la imaginación del lector, de su memoria [externa]

 

ANTONIO J. ALÍAS

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